me cautivaste por primera vez, y con ningún otro vestido podrías parecer jamás, según mi parecer, más graciosa ni más hermosa. ¡Pero tú has admirado muchos vestidos más finos este mismo día; y no es natural acaso que deseara poder dártelos?”
“Es muy amable por tu parte desearlo, John. Me arrancan estas lágrimas de agradecido placer de los ojos, oírte decirlo con tanta ternura. Pero no los quiero”.
—De nuevo —prosiguió—, ahora estamos caminando por las calles embarradas. Quiero tanto a esos bonitos pies, que siento como si no pudiera soportar que la suciedad manche la suela de tu zapato. ¿No es natural que desearía que pudieras ir en carruaje?
—Es muy amable —dijo Bella, bajando la mirada hacia los pies en cuestión—, saber que los admiras tanto, querido John, y ya que es así, siento que estos zapatos me queden un número entero más grandes. Pero no quiero un coche de caballos, créeme.
—¿Te gustaría tener uno si pudieras, Bella?
—No me gustaría por sí mismo ni la mitad de lo que me gusta por ese deseo que tienes de dármelo. Querido John, tus deseos son tan reales para mí como los deseos del cuento de hadas, que se cumplían tan pronto como se pronunciaban. Deséame todo lo que puedas desearle a la mujer que amas entrañablemente, y poco me faltará para tenerlo, John. ¡Tengo algo mejor que tenido, John!
No eran menos felices por semejante charla, y el hogar no era menos hogar por venir después de ella. Bella estaba desarrollando rápidamente un genio perfecto para el hogar. Todos los amores y las gracias parecían (según pensaba su marido) haberse colocado al servicio doméstico de ella y ayudarla a hacer el hogar encantador.