Silas, ya liberado, se llevó la mano a la garganta, se aclaró la voz y puso cara de tener una espina de pescado bastante grande por esa zona.
Simultáneamente a esta acción por su parte en su rincón, el señor Sloppy realizó un movimiento singular y, a primera vista, incomprensible: comenzó a retroceder hacia el señor Wegg pegado a la pared, a la manera de un porteador o cargador que se dispone a levantar un saco de harina o de carbón.
—Siento, Wegg —dijo el señor Boffin, en su clemencia—, que mi vieja y yo no podamos tener una mejor opinión de usted que la mala que nos vemos forzados a abrigar. Pero no me gustaría dejarle, bien pensado, en peor situación en la vida de como le encontré. Por lo tanto, diga en una sola palabra, antes de separarnos, cuánto costará instalarle en otro puesto.
—Y en otro lugar —intervino John Harmon—, no se sale por estas ventanas.
—Señor Boffin —respondió Wegg con avariciosa humillación—: cuando tuve por primera vez el honor de hacer su conocimiento, había reunido una colección de baladas que estaba, por decirlo así, por encima de todo precio.
“Entonces no se pueden pagar”, dijo John Harmon, “y más le valdría no intentarlo, querido señor”.
—Perdone, señor Boffin —reanudó Wegg, con una mirada maligna en dirección al último orador—, yo le estaba exponiendo el caso a usted, el cual, si mis sentidos no me engañaban, me expuso el caso a mí. Tenía una colección selectísima de baldas, y había un nuevo surtido de pan de jengibre en la caja de hojalata. No digo más, sino que prefiero dejárselo a su criterio.