una vez que se concentra de verdad en ello. Es el caso de mi propia esposa. Pues bien, señora, este buen caballero de usted ha provocado una cantidad bastante grande de problemas que se podrían haber evitado si se hubiera presentado y dado explicaciones. ¡Pues mire usted! No se presentó ni dio explicaciones. En consecuencia, ahora que nos encontramos, él y yo, usted dirá —y dirá con razón— que no hay nada de qué alarmarse en que yo le proponga que se presente —o, expresando lo mismo de otra manera, que me acompañe— y dé explicaciones.
Cuando el señor inspector lo formuló de aquella otra manera, «acompáñeme», había un deleitoso deje en su voz, y su ojo brillaba con un brillo oficial.
—¿Pretende detenerme? —inquirió John Rokesmith, con mucha calma.
—¿Para qué discutir? —replicó el señor inspector en un tono de benévola amonestación—; ¿no basta con que proponga que me acompañe?
“¿Por qué motivo?”
—¡Válgame Dios y santísima Virgen! —replicó el señor inspector—. Me extraña en un hombre de su educación. ¿Para qué discutir?
“¿De qué me acusa?”
—Me extraña de usted delante de una dama —dijo el señor inspector, meneando la cabeza con reproche—: > —¡Me extraña, educado como usted ha sido, que no tenga una sensibilidad más delicada! ¡Le acuso, pues, de estar de algún modo relacionado con el asesinato