—Son demasiado grandes —gruñó Venus—. Qué les importa a ellos un rasguño aquí y un arañazo allá, un pinchazo por un lado y un codazo por el otro. Además, ¿qué hemos encontrado?
—¿Qué hemos encontrado? —exclamó Wegg, encantado de poder contemporizar—. ¡Ah! En eso te doy la razón, camarada. Nada. Pero, por el contrario, camarada, ¿qué podemos llegar a encontrar? En eso me darás tú la razón. Cualquier cosa.
—No me gusta —replicó Venus con petulancia, tal como antes—. Me metí en esto sin pensarlo lo suficiente. Y además, otra cosa. ¿Acaso el mismo señor Boffin de usted no conoce bien los Túmulos? ¿Y no conocía bien al difunto y sus costumbres? ¿Y ha manifestado alguna vez la menor expectativa de encontrar algo?
En ese momento se oyeron unas ruedas.
—Ahora bien, me disgustaría mucho —dijo el señor Wegg, con un aire de paciente agravio—, pensar tan mal de él como para suponerlo capaz de venir a estas horas de la noche. Y sin embargo, suena a él.
Un timbre en la puerta del patio.
—Es él —dijo el señor Wegg—, y es capaz de hacerlo. Lo siento, porque me habría gustado conservar un pequeño y persistente fragmento de respeto hacia él.
Aquí se oyó a Mr. Boffin llamar con energía a la puerta del corral: «¡Eh, Wegg! ¡Eh!».
“Quédese en su asiento, Mr. Venus”, dijo Wegg. “Puede que no se detenga”. Y luego exclamó: “¡Eh, señor! ¡Eh! ¡En seguida estoy con usted, señor! Medio minuto, Mr. Boffin. ¡Ya voy, señor, tan rápido como me traiga la pierna!”.