oyó por primera vez la leyenda de la riqueza oculta en los Túmulos: > «que —observa con un aire vagamente piadoso—, por cierto, nunca debió de ser para
Por último, vuelve a la causa del bien, augurando sombríamente la posibilidad de que se desentierre algo que incrimine al señor Boffin (de quien vuelve a admitir con franqueza que no se puede negar que se beneficia de un asesinato), y anticipando su denuncia ante la justicia vengativa por parte de los bienintencionados instigadores. Y esto, señala expresamente el señor Wegg, no en absoluto por el interés de la recompensa —aunque sería una falta de principios no aceptarla—.
A todo esto, el señor Venus, con su mata de pelo polvoriento erguida a la manera de las orejas de un terrier, presta profunda atención.
Cuando el señor Wegg, tras haber terminado, abre los brazos de par en par, como para mostrarle al señor Venus lo desguarnecido de su pecho, y luego los cruza a la espera de una respuesta, el señor Venus le guiña ambos ojos durante un buen rato antes de hablar.