los Boffin te patrocinaran, y si hubieras venido de esas salas de esclavitud—”
—Eso es pura tontería, mamá —dijo Lavinia.
—¡Cómo! —exclamó la señora Wilfer con sublime severidad.
—Salas de esclavitud, mamá, no son más que patrañas y pamplinas —replicó el impasible Imparable.
—Digo, niño presuntuoso, que si hubieras venido de los rumbos de Portland Place, doblándote bajo el yugo del mecenazgo y acompañado por sus criados de librea brillante a visitarme, ¿crees que mis profundos sentimientos habrían podido expresarse en meras miradas?
—En lo único que pienso —respondió Lavinia—, es en que desearía que se las expusieran a la persona adecuada.
—Y si —prosiguió su madre—, si restándole importancia a mis advertencias de que el rostro de la señora Boffin por sí solo era un rostro rebosante de maldad, te hubieras aferrado a la señora Boffin en vez de a mí, y al fin y al cabo hubieras vuelto a casa rechazada por la señora Boffin, pisoteada por la señora Boffin y expulsada por la señora Boffin, ¿crees que mis sentimientos se habrían podido expresar con miradas?
Lavinia se disponía a replicarle a su honrado progenitor que, puestos a eso, bien habría podido prescindir por completo de sus miradas, cuando Bella se levantó y dijo: «Buenas noches, querida mamá. He tenido un día agotador y me voy a la cama».
Esto disolvió tan amigable reunión. El señor George Sampson se despidió poco después, acompañado por la señorita Lavinia con una vela hasta el vestíbulo, y sin vela hasta la verja del jardín; la señora Wilfer, lavándose las manos de los Boffin, se fue a la cama al estilo de Lady Macbeth; y R. W. se quedó solo entre los restos de la mesa de la cena, en actitud melancólica.