Codal
nydus/Our Mutual FriendPublic
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VII. En el que se origina un gesto amistoso

respecto al amo y al servidor públicos, lo es igualmente respecto al amo y al servidor privados en todo el mundo.

Cuando el señor Silas Wegg obtuvo al fin libre acceso a «Nuestra Casa», como solía llamar al caserón a cuyas puertas había permanecido tanto tiempo a la intemperie, y cuando al fin la halló en todos los sentidos tan distinta de los planos que se había hecho de ella en su mente como, por la naturaleza de las cosas, bien podía ser, aquel hombre de miras amplias y ambiciosas, a modo de hacerse valer y justificar una indemnización, fingió sumirse en una vena de melancólica meditación sobre el triste pasado; como si la casa y él hubiesen sufrido juntos una caída en desgracia.

“Y esto, señor —solía decir Silas a su mecenas, moviendo la cabeza con tristeza y meditabundo—, ¡fue antaño Nuestra Casa! ¡Este, señor, es el edificio desde el que tantas veces he visto pasar y repasar a esas grandes criaturas, la señorita Elizabeth, el joven George, la tía Jane y el tío Parker!” —cuyos nombres eran invención suya—; “¡y en verdad que se ha llegado a esto! ¡Ay, Dios mío, Dios mío!”.

Tan tiernas eran sus lamentaciones, que el bondadoso señor Boffin sintió mucha lástima por él y casi temió haberle hecho un daño irreparable al comprar la casa.

Dos o tres entrevistas diplomáticas, fruto de una gran sutileza por parte del señor Wegg, pero adoptando la máscara de una cesión descuidada a una combinación fortuita de circunstancias que lo empujaban hacia Clerkenwell, le habían permitido completar su trato con el señor Venus.

—Lléveme a la glorieta —dijo Silas, una vez cerrado el trato— el próximo sábado por la noche, y si ve con buenos ojos un sociable vaso de viejo ron de Jamaica calentito, no soy yo quien ha de escatimárselo.

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