—No es gran cosa, señor. Pasará en seguida. Estoy acostumbrado a sufrir ataques de vértigo. No permita que le detenga, señor; no necesito ayuda, se lo agradezco. Muy agradecido por haberme dedicado estos minutos de su tiempo.
Como el señor Milvey, que no disponía de un minuto más, hizo una respuesta adecuada y volvió a entrar en la oficina, observó que el maestro de escuela se apoyaba contra la pilar con el sombrero en la mano y se tiraba de la corbata como si intentara arrancársela. El reverendo Frank llamó en consecuencia la atención de uno de los asistentes hacia él, diciendo:
«Hay una persona afuera que parece estar realmente enferma y requerir cierta ayuda, aunque él dice que no».
Lightwood había asegurado ya sus asientos, y la campana de salida estaba a punto de sonar. Tomaron sus lugares y empezaban a salir de la estación, cuando el mismo empleado vino corriendo por el andén, mirando en todos los carruajes.
—¡Oh! ¡Aquí está usted, señor! —dijo, saltando al estribo y sujetándose al marco de la ventanilla con el codo, mientras el carruaje se ponía en marcha—. Aquella persona que me señaló usted le ha dado un ataque.
—Deduzco por lo que me dijo que es propenso a tales ataques. Se pondrá bien, al aire libre, en un momento.
Se puso muy mal sin duda, y estaba mordiendo y dando golpes a su alrededor (según dijo el hombre) furiosamente. ¿Podría el caballero darle su tarjeta, ya que él lo había visto primero? El caballero lo hizo, explicando que no sabía nada más del hombre atacado, salvo que se trataba de una persona de ocupación muy