Si Bella veía un libro así, el señor Boffin entraba raudo y lo compraba. Y aún así, como si no lo hubiesen encontrado, buscaban otra librería, y el señor Boffin decía:
«Ahora, mira bien por todas partes, querida, una Vida de un avaro, o cualquier libro de esa clase; cualquier Vidas de personajes excéntricos que hayan podido ser avaros».
Bella, así instrucida, examinaba el escaparate con la mayor atención, mientras el señor Boffin le examinaba el rostro.
En el momento en que ella señalaba algún libro cuyo título fuera Vidas de personajes excéntricos, Anécdotas de caracteres extraños, Crónicas de individuos notables o algo por el estilo, el semblante del señor Boffin se iluminaba e inmediatamente se lanzaba a comprarlo.
El tamaño, el precio y la calidad no importaban. Cualquier libro que pareciera prometer la posibilidad de una biografía de avaro, el señor Boffin lo compraba sin un segundo de demora y se lo llevaba a casa.
Habiendo sabido por un librero que una parte del Annual Register estaba dedicada a «Caracteres», el señor Boffin compró de golpe toda la colección de esa ingeniosa compilación y comenzó a transportarla a casa poco a poco, confiándole un volumen a Bella y cargando él con tres.
La culminación de esta labor les llevó unas dos semanas. Cuando la tarea terminó, el señor Boffin, con su apetito por los avaros avivado en vez de saciado, volvió a ponerse al acecho.
Muy pronto dejó de ser necesario decirle a Bella qué debía buscar, y se estableció entre ella y el señor Boffin un entendimiento según el cual ella siempre debía buscar biografías de avaros. Mañana tras mañana recorrían la ciudad juntos, persiguiendo esta singular investigación. Como la literatura sobre avaros no abundaba, la