aun si él no hubiera llegado al extremo de amenazar en secreto a Rokesmith con el puño cerrado mientras cerraba la puerta. Esta desdichada mañana, de todas las mañanas del año, era la mañana posterior a la entrevista del señor Boffin con la señora Lammle en su carruaje pequeño.
Bella miró el rostro de la señora Boffin en busca de un comentario o explicación sobre este humor tempestuoso de su marido, pero no halló ninguno. Una observación ansiosa y turbada de su propio rostro era lo único que podía leer en él. Cuando se quedaron a solas —lo cual no ocurrió hasta el mediodía, pues el señor Boffin se quedó un buen rato en su sillón, alternando entre dar saltitos arriba y abajo por el comedor de desayunos, apretar los puños y mascullar—, Bella, consternada, le preguntó qué había pasado, qué iba mal. «Tengo prohibido hablarte de ello, querida Bella; no debo decírtelo», fue toda la respuesta que pudo obtener. Y aun así, siempre que, en su asombro y consternación, alzaba los ojos hacia el rostro de la señora Boffin, veía en él la misma observación ansiosa y turbada del suyo propio.
Oprimida por su sensación de que se avecinaba un problema, y perdida en conjeturas sobre por qué la señora Boffin la miraba como si ella tuviera alguna parte en él, Bella encontró el día largo y sombrío. Estaba muy avanzada la tarde cuando, estando ella en su propia habitación, un criado le trajo un recado del señor Boffin rogándole que fuera a la suya.
La señora Boffin estaba allí, sentada en un sofá, y el señor Boffin se mecía arriba y abajo. Al ver a Bella se detuvo, le hizo señas para que se acercara y pasó el brazo de ella por el suyo.
—No te asustes, hija mía —dijo con gentileza—; no estoy enfadado contigo. ¡Si de verdad estás temblando! No te asustes, mi querida Bella. Haré que se te haga justicia.