por completo a él, y entonces John, él y yo nos ponemos todos a llorar de
—¡Sí! Lloran de alegría, cariño —intervino su marido—. ¿Entiendes? ¡Estos dos, a quienes vengo a la vida a decepcionar y despojar, lloran de alegría!
Bella lo miró confusa, y volvió a mirar el rostro radiante de la señora Boffin.
—Así es, querida, no le hagas caso —dijo la señora Boffin—, quédate conmigo. ¡Bueno! Pues entonces nos sentamos, poco a poco nos vamos enfriando y celebramos una confabulación. Juan nos cuenta cómo está desesperado de pensamiento por culpa de cierta hermosa joven, y cómo, si yo no lo hubiera descubierto, se iba a buscar fortuna a lo lejos y tenía la firme intención de no volver jamás con vida, sino de dejar la propiedad como herencia ilegítima nuestra por los siglos de los siglos. Ante lo cual nunca habéis visto a un hombre tan asustado como mi Noddy. Pues pensar que se hubiera quedado con la propiedad de forma ilegítima, por muy inocente que fuera, y —a más a más— podría haber seguido conservándola hasta el día de su muerte, lo puso más blanco que la tiza.
—Y usted también —dijo el señor Boffin.
—No le hagas caso tú tampoco, encanto —reanudó la señora Boffin—; quédate conmigo. Esto da pie a una confabulación respecto a cierta hermosa joven; cuando Noddy opina que ella es una criatura encantadora. «Puede estar un poquito malcriada, y naturalmente malcriada —dice—, por las circunstancias, pero eso es solo la superficie, y me juego la vida —dice— a que en el fondo es oro puro de ley».
—Y usted también —dijo el señor Boffin.
—No le hagas ni pizca de caso, querida —continuó la señora Boffin—, sino quédate conmigo. Entonces dice John: «¡Oh, ojalá pudiera