Cuestiones del corazón
La pequeña señorita Peecher, desde su pequeña y oficial casa de vecindad, con sus ventanitas como ojos de aguja y sus puertitas como tapas de libros escolares, era sumamente observadora del objeto de sus tranquilos afectos. El amor, aunque se dice que padece de ceguera, es un vigilante atento, y la señorita Peecher lo tenía haciendo doble turno respecto al señor Bradley Headstone. No era que ella tuviera la naturaleza de hacer de espía —no era en absoluto reservada, intrigante o mezquina—, era simplemente que amaba al esquivo Bradley con todo el caudal primitivo y sencillo de amor que nunca había sido examinado ni certificado fuera de ella.
Si su pizarra fiel hubiera poseído las cualidades latentes del papel simpatético, y su lápiz las de la tinta invisible, más de un pequeño tratado calculado para asombrar a los alumnos habría brotado entre las áridas sumas en horas de clase bajo la cálida influencia del pecho de la señorita Peecher.
Pues, a menudo, cuando no había clases y su sosegado tiempo libre y su sosegada casita le pertenecían, la señorita Peecher confiaba a la pizarra confidente una descripción imaginaria de cómo, en una templada tarde al anochecer, se habría podido observar a dos figuras en el huerto de la esquina, de las cuales una, siendo una forma varonil, se inclinaba sobre la otra, siendo una forma femenina de baja estatura y cierta compacidad, y susurraba en voz baja las palabras: «Emma Peecher, ¿quieres serme propia?», tras lo cual la cabeza de la forma femenina reposaba sobre el hombro de la forma varonil, y los ruiseñores entonaban sus cantos.