(—Y es una máquina de vapor en eso —murmuró el señor Boffin, en un paréntesis de admiración—, una vez que empieza. Tal vez no sea tan fácil ponerla en marcha; pero una vez arrancada, es una máquina).
—Esto me ha hecho pensar, digo —repitió la señora Boffin, radiando cordialidad bajo el influjo del cumplido de su esposo—, y he pensado dos cosas. Primero, que me ha entrado timidez de volver a sacar el nombre de John Harmon. Es un nombre desdichado, y me figuro que me reprocharía a mí misma si se lo diera a otra criatura querida y volviera a resultar desdichado.
—Ahora bien, si —dijo el señor Boffin, planteando gravemente un caso para la opinión de su secretario—; si uno pudiera llamar a eso una superstición?
—Es una cuestión de sentimientos para la señora Boffin —dijo Rokesmith con suavidad. > «El nombre siempre ha sido desafortunado. Ahora