señalar por dónde vas. ¿Lo conoces?
—¿El nombre del libro, señor? —inquirió Silas.
—Pensé que podrías haberlo conocido sin necesidad de eso —dijo el señor Boffin un poco decepcionado—. Se llama Declive-Y-Caída-Del-Imperio-Ruso.
(El señor Boffin avanzó sobre estas piedras lentamente y con mucha precaución.)
—¡Ay de mí, en efecto! —dijo el señor Wegg, asintiendo con la cabeza con un aire de amistoso reconocimiento.
—¿Lo conoces, Wegg?
—No he estado como quien dice atravesándolo de punta a punta últimamente, señor Boffin —respondió el señor Wegg—, por haber estado empleado en otras cosas. ¿Pero si lo conozco? ¿Al viejo, conocido y decadente caótico del ruso? ¡Y tanto, señor! Desde que no era más alto que su bastón. Desde que mi hermano mayor dejó nuestra casita para alistar en el ejército. Ocasión en la cual, tal como describe la balada que se compuso al respecto:
“Beside that cottage door, Mr. Boffin, A girl was on her knees; She held aloft a snowy scarf, Sir, Which (my eldest brother noticed) fluttered in the breeze.
She breathed a prayer for him, Mr. Boffin; A prayer he coold not hear. And my eldest brother lean’d upon his sword, Mr. Boffin, And wiped away a tear.”
Muy impresionado por esta circunstancia familiar, y también por la amistosa disposición del señor Wegg, tal como se puso de manifiesto al caer en la poesía tan pronto, el señor Boffin volvió a estrechar la mano de