El señor Wegg era una persona observadora, o, como él mismo decía, «se fijaba en un mundo de cosas».
Saludaba a todos sus transeúntes habituales cada día, mientras estaba sentado en su taburete apoyado contra el farol; y del carácter adaptable de estos saludos se enorgullecía enormemente.
Así, al rector le dirigía una reverencia, compuesta de respeto seglar y un ligero toque de sombría meditación preliminar en la iglesia; al doctor, una reverencia confidencial, como a un caballero cuya familiaridad con sus entrañas se dignaba reconocer respetuosamente; ante la aristocracia se deleitaba humillándose; y para el tío Parker, que estaba en el ejército (o eso había decidido él), se llevaba la mano abierta al lateral del sombrero, de un modo militar que aquel caballero de ojos airados, abrochado hasta el cuello y de rostro inflamado parecía apreciar de manera muy imperfecta.
El único artículo con el que comerciaba Silas que no era duro era el pan de jengibre.
Cierto día, después de que un infeliz infante le hubiera comprado el caballo de pan de jengibre húmedo (terriblemente desmejorado) y la pegajosa jaula para pájaros, que habían estado expuestos para la venta del día, él había sacado una caja de hojalata de debajo de su taburete para sacar una tanda de aquellos espantosos ejemplares, y se disponía a mirar por la rendija de la tapa, cuando se dijo a sí mismo, deteniéndose:
«¡Vaya! ¡Ya estás aquí otra vez!».
Las palabras se referían a un tipo viejo, ancho, de hombros caídos, inclinado hacia un lado y de luto, que se acercaba a la esquina con un trotecillo cómico, vestido con un chaquetón marinero y llevando un gran bastón.