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nydus/Our Mutual FriendPublic
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V. El Basurero de Oro cae en malas compañías

y si alguna vez, por casualidad, Bella y el Secretario se quedaban solos, él se retiraba inmediatamente. Ella le consultaba el rostro cuando podía hacerlo a escondidas, mientras trabajaba o leía, y no sacaba nada en claro. Él lucía abatido; pero había adquirido un gran dominio sobre sus facciones y, siempre que el señor Boffin le hablaba en presencia de Bella, o cualquiera que fuera la revelación que el señor Boffin hiciera de sí mismo, el rostro del Secretario no cambiaba más que una pared. Un entrecejo levemente fruncido, que no expresaba más que una atención casi mecánica, y una compresión de la boca que podría haber sido una defensa contra una sonrisa desdenosa⁠—estas cosas las veía de la mañana a la noche, de un día para otro, de una semana a otra, monótonas, invariables, fijas, como en una obra de escultura.

Lo peor del caso era que así sucedía insensiblemente —y del modo más irritante, como se quejaba para sus adentros Bella, con sus impetuosas maneras de chiquilla— que su observación del señor Boffin conllevaba una continua observación del señor Rokesmith. «¿No le arrancará eso una mirada?»—«¿Será posible que eso no le cause ninguna impresión?». Tales preguntas se proponía Bella a sí misma, a menudo tantas veces al día como horas tenía este. Imposible saberlo. Siempre el mismo rostro inmutable.

“¿Puede ser tan ruin como para vender su propia naturaleza por doscientas libras al año?”, pensaba Bella.

Y luego: “Pero ¿por qué no? Es una mera cuestión de precio para otros además de él. Supongo que yo vendería la mía, si pudiera sacar lo suficiente por ella”.

Y así volvía una y otra vez a su guerra consigo misma.

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