Y ahora él empieza a respirar con naturalidad, y se mueve, y el médico declara que ha regresado de aquel viaje inexplicable en el que se detuvo en el camino oscuro, y que ya está aquí.
Tom Tootle, que es quien está más cerca del doctor cuando este dice esto, le estrecha la mano al doctor con fervor.
Bob Glamour, William Williams y Jonathan, el sin apellido, se estrechan todos la mano unos a otros en corro, y con el doctor también.
Bob Glamour se suena la nariz, y a Jonathan el sin apellido le conmueve hacer lo propio, pero al carecer de un pañuelo de bolsillo renuncia a esa vía de escape para su emoción.
Pleasant derrama lágrimas dignas de su propio nombre, y su dulce ilusión está en su apogeo.
Hay inteligencia en sus ojos.
Quiere hacer una pregunta. Se pregunta dónde está.
Dile.
—Padre, le atropellaron en el río, y está en casa de la señorita Abbey Potterson.
Él mira fijamente a su hija, mira a su alrededor por todas partes, cierra los ojos y se queda dormido sobre su brazo.
El engaño de corta duración comienza a desvanecerse. El rostro bajo, ruin e insensible va emergiendo de las profundidades del río, o de cualesquiera otras profundidades, hacia la superficie de nuevo.
A medida que él entra en calor, el médico y los cuatro hombres se enfrían. A medida que sus rasgos se suavizan con la vida, los rostros y los corazones de ellos se endurecen hacia él.