El judío se volvió hacia él y se inclinó. Aquel pobre cordero hizo una reverencia en respuesta; educado y aterrorizado.
—He fracasado de tal manera —prosiguió Fledgeby—, al intentar hacer algo con usted en favor de mi amigo Lammle, que apenas me queda esperanza de conseguir nada con usted para mi amigo (y pariente, por cierto) el señor Twemlow. Pero de veras creo que si le hiciera un favor a alguien, sería a mí, y yo no fracasaré por falta de empeño, además de haberle dado mi palabra al señor Twemlow.
Ahora bien, señor Riah, aquí está el señor Twemlow. Siempre dispuesto a responder con sus intereses, siempre cumpliendo a su hora, siempre pagando religiosamente lo suyo. Ahora bien, ¿por qué ha de presionar al señor Twemlow? ¡No puede usted tenerle ojeriza al señor Twemlow! ¿Por qué no ser condescendiente con el señor Twemlow?
El viejo miró a los pequeños ojos de Fledgeby en busca de cualquier señal de permiso para mostrarse confiado con el señor Twemlow; pero no había señal alguna en ellos.
—El señor Twemlow no es pariente suyo, señor Riah —dijo Fledgeby—; usted no puede querer desquitarse con él por haberse dedicado toda su vida a ser un caballero y haber estado colgado de su familia. Si el señor Twemlow siente desprecio por los negocios, ¿qué puede importarle a usted?
—Pero discúlpenme —interpuso la amable víctima—, no la tengo. Lo consideraría una presunción.
—¡Ahí tiene, señor Riah! —dijo Fledgeby—, ¿no está dicho con generosidad? ¡Vamos! Trate conmigo los términos para el señor Twemlow.