Un toque seguro de su antigua y experimentada mano, un paso seguro de su antiguo y experimentado pie, un equilibrio ágil y ligero de su cuerpo, y estuvo en la barca.
Una rápida mirada de su experimentado ojo le mostró, aun a través de la densa y oscura sombra, los remos en un casillero contra el muro de ladrillo rojo del jardín.
Otro instante, y había desatado la amarra (llevándose el cabo consigo), y la barca había salido disparada hacia la luz de la luna, y ella descendía remando por la corriente como ninguna otra mujer había remado jamás en aguas inglesas.
Atentamente por encima del hombro, sin aminorar la marcha, miró hacia adelante en busca del rostro a la deriva. Pasó por el lugar de la lucha—allí estaba, a su izquierda, bien pasado el espejo de popa—, pasó a su derecha por el final de la calle del pueblo, una calle empinada que casi se metía en el río; sus ruidos volvían a apagarse y ella aminoró la marcha; buscando mientras la barca avanzaba, por todas