—Digo —retoma Twemlow—, que si tales sentimientos por parte de este caballero indujeron a este caballero a casarse con esta señora, creo que él es más caballero por la acción, y la hace a ella una señora más grande. Me apresuro a decir que, cuando uso la palabra caballero, la uso en el sentido en que tal grado puede ser alcanzado por cualquier hombre. Considero sagrados los sentimientos de un caballero, y confieso que no me siento cómodo cuando son objeto de burla o de debate general.
—Me gustaría saber —se mofa Podsnap— si vuestro noble pariente sería de vuestra opinión.
—Señor Podsnap —replica Twemlow—, permítame. Podría serlo, o podría no serlo. No sabría decirle. Pero no le permitiría ni a él que me dictara normas sobre un punto de gran delicadeza, en el que tengo sentimientos muy firmes.
De algún modo, una especie de dosel de frazada húmeda parece descender sobre la compañía, y no se le conoció jamás a Lady Tippins volverse tan sumamente avara ni tan sumamente hosca.
Mortimer Lightwood es el único que se ilumina. Se ha estado preguntando, respecto a cada uno de los demás miembros del Comité por turno: «¡Me pregunto si serás tú la Voz!». Pero no se hace la pregunta después de que Twemlow ha hablado, y dirige una mirada hacia Twemlow como si le estuviera agradecido.
Cuando la compañía se dispersa —a cuyas alturas el señor y la señora Veneering ya han tenido más que suficiente del honor, y los invitados ya han tenido más que suficiente del otro honor—, Mortimer acompaña a Twemlow a casa, le estrecha la mano cordialmente al despedirse y se encamina al Temple, alegremente.