—Este caballero —dijo Silas Wegg, señalando a Venus—, este caballero, Boffin, es más blando de corazón con usted de lo que lo seré yo. Pero él no ha soportado el yugo romano como yo, ni tampoco se le ha pedido que alcahuetee a su depravado apetito por los personajes avaros.
—Nunca fue mi intención, querido Wegg… —empezaba diciendo el señor Boffin, cuando Silas lo detuvo.
—¡Ten la lengua callada, Boffin! Responde cuando se te llame a responder. Ya verás que bastante tendrás con eso. Ahora bien, ¿estás enterado —lo estás— de que estás en posesión de una propiedad a la que no tienes ningún derecho en absoluto? ¿Estás enterado de eso?
—Venus me lo dice —dijo el señor Boffin, mirándolo de reojo en busca de cualquier apoyo que pudiera brindarle.
—Te lo digo yo —replicó Silas—. Y ahora, aquí está mi sombrero, Boffin, y aquí mi bastón. Búrlate de mí, y en lugar de hacer un trato contigo, me pondré el sombrero, tomaré mi bastón, saldré y haré un trato con el legítimo dueño. Y bien, ¿qué dices?
—Digo —replicó el señor Boffin, inclinándose hacia adelante en una llamada alarmada, con las manos sobre las rodillas—, que estoy seguro de que no quiero andar con jueguitos, Wegg. Se lo he dicho a Venus.
—Ciertamente que sí, señor —dijo Venus.
–Eres demasiado blando y aguachento con nuestro amigo, de verdad que sí –repuso Silas, sacudiendo su cabeza de madera con desaprobación–. ¿Con que de inmediato confiesas que deseas llegar a un arreglo, Boffin? Antes de responder, ten muy presente este sombrero y también este bastón.
—Estoy dispuesto, Wegg, a llegar a un acuerdo.