—¿Cómo sabes que fue hundido por el hombre que lo llevaba puesto? —preguntó Bradley.
—Porque lo veo hacerlo —dijo Riderhood.
Se miraron. Bradley, retirando los ojos lentamente, volvió el rostro hacia la pizarra y borró su nombre despacio.
—Mil gracias, Maestro —dijo Riderhood—, por dedicarle tanto de su tiempo, y del tiempo de los corderitos, a un hombre que no tiene otra recomendación ante usted que ser un hombre honrado. Con el deseo de ver en mi esclusa, junto al río, a la persona de la que hemos hablado y por la que usted ha respondido, me despido tanto de los corderitos como de su ilustrado director.
Con esas palabras, salió encorvado de la escuela, dejando al maestro que terminara su tediosa labor como pudiera, y dejando a los alumnos susurrantes que observaran el rostro del maestro hasta que este cayó en el ataque que hacía tiempo se avecinaba.
El día siguiente al otro era sábado y día de fiesta. Bradley se levantó temprano y partió a pie hacia la esclusa del molino del azud de Plashwater. Se levantó tan temprano que aún no había luz cuando emprendió su camino.
Antes de apagar la vela con cuya luz se había vestido, hizo un pequeño paquete con su modesto reloj de plata y su modesta cadena, y escribió en el interior del papel:
«Tened la amabilidad de cuidar esto por mí».
Luego dirigió el paquete a la señorita Peecher y lo dejó en el rincón más resguardado del pequeño asiento de su pequeño porche.
Era una fría y dura mañana de levante cuando echó el cerrojo de la verja del jardín y se alejó. La ligera nevada que había cubierto de plumón