—La señora Boffin, Wegg —dijo Boffin—, vuela alto en lo que a la Moda se refiere. Y su planta es tal, que le hace honor. En cuanto a mí, todavía no soy tan a la úrsula como puedo llegar a serlo. Henerietty, vieja, este es el caballero que va a declinar y caerse del Imperio ruso.
—Y estoy segura de que espero que les haga mucho bien a ambos —dijo la señora Boffin.
Era la más extraña de las habitaciones, acondicionada y amueblada más bien como la lujosa taberna privada de un aficionado que como cualquier otra cosa al alcance del entendimiento de Silas Wegg.
- Había dos escabelas de madera junto al fuego, una a cada lado, con una mesa correspondiente delante de cada una.
- Sobre una de estas mesas, los ocho volúmenes se alineaban horizontalmente, en hilera, como una batería galvánica; sobre la otra, ciertas botellas regordetas de aspecto tentador parecían ponerse de puntillas para intercambiar miradas con el señor Wegg por encima de una primera fila de vasos y un azucarero blanco.
- En la hornilla, una tetera despedía vapor; en el hogar, un gato descansaba.
Frente al fuego, entre los escaños, un sofá, un taburete y una mesita formaban un conjunto dedicado a la señora Boffin. Eran de un gusto y color estridentes, pero constituían artículos caros de mobiliario de salón que producían un efecto muy extraño al lado de los escaños y de la brillante lámpara de gas que colgaba del techo.
Había una alfombra florida en el suelo; pero, en vez de llegar hasta la chimenea, su brillante vegetación se detenía abruptamente junto al taburete de la señora Boffin, dando paso a una zona de arena y serrín.
El señor Wegg también observó, con ojos de admiración, que, mientras que la tierra florida exhibía ornamentación tan hueca como