una sanguijuela pegada a la casa que se había «prendido» maravillosamente; pero esto no fue impedimento para que la organizara según un plan propio. Era una gran casa lúgubre, con multitud de ventanas laterales oscuras y dependencias traseras ciegas, y le costó a su mente un mundo de trabajo distribuirla de tal modo que pudiera dar cuenta de todo en su aspecto exterior. Pero, una vez hecho esto, le resultó muy satisfactorio, y se quedó con la persuasión de que conocía los rincones de la casa con los ojos vendados: desde las buhardillas con rejas en el tejado alto, hasta los dos apagadores de hierro ante la puerta principal —que parecían rogar a todos los alegres visitantes que tuvieran la amabilidad de apagarse a sí mismos antes de entrar.
Ciertamente, este puesto de Silas Wegg era el más durocillo de todos los estériles puestos de Londres. Daba neuralgia mirarle las manzanas, dolor de estómago mirarle las naranjas, dolor de muelas mirarle las nueces.
De este último artículo tenía siempre un sombrío montoncito, sobre el cual reposaba una pequeña medida de madera que no se le distinguía interior alguno, y que se consideraba representativa del penique de género asignado por la Carta Magna.
Ya fuera por demasiado viento del este o no —era una esquina oriental—, el puesto, las existencias y el vigilante eran todos tan secos como el desierto. Wegg era un hombre nudoso y de grano cerrado, con una cara esculpida en un material muy duro, que tenía tanta agilidad expresiva como la carraca de un sereno. Cuando reía, se producían en ella ciertos tirones y sonaba la carraca.
A decir verdad, era un hombre tan de palo que su pata de palo parecía habérsele metido de forma natural, y más bien sugería al observador imaginativo que cabía esperar —si su desarrollo no sufría un freno prematuro— que se presentara por completo provisto de un par de patas de madera en unos seis meses.