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nydus/Our Mutual FriendPublic
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IV. Un feliz aniversario

era demasiado brillante, la presión era demasiado alta para ser soportada por mí, una simple mujer, en la vida doméstica cotidiana. Recuerdo perfectamente que mamá juntó las manos y exclamó: «¡Esto va a terminar en un hombre bajito!»”.

(Aquí el señor Sampson miró de reojo a su anfitrión y sacudió la cabeza con desánimo.)

“Ella llegó más tarde a predecir que aquello terminaría en un hombre pequeño cuya inteligencia estaría por debajo de la media, pero eso fue en lo que podría denominar un paroxismo de desilusión maternal.

Al cabo de un mes —dijo la señora Wilfer, ahondando la voz como si estuviera relatando una historia de fantasmas terrible—, al cabo de un mes vi por primera vez a R. W., mi esposo. Al cabo de un año, me casé con él. Es natural que la mente recuerde estas sombrías coincidencias en el día de hoy”.

El señor Sampson, por fin liberado de la custodia de la mirada de la señora Wilfer, respiró hondo y formuló el comentario original y sorprendente de que no había forma de explicarse este tipo de presentimientos.

R. W. se rascó la cabeza y miró con aire de disculpa a todos lados de la mesa hasta dar con su esposa, al verla como envuelta en un velo aún más sombrío que antes, insinuó una vez más: «Querida, de verdad me temo que no estás del todo a gusto».

A lo que ella replicó de nuevo: «Al contrario, R. W. Faltaría más».

La posición del infeliz señor Sampson en este agradable banquete era verdaderamente penosa. Pues no solo se hallaba expuesto e indefenso a los discursos de la señora Wilfer, sino que recibía la mayor ignominia por parte de Lavinia; quien, en parte para demostrarle a Bella que ella

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