coherente, ya que me meto a ser un auténtico oso pardo con respecto a él, meterme a ser un auténtico oso pardo en todos los sentidos?»”.
—¡Confiese en este mismo instante, caballero —dijo Bella—, que lo hizo para corregirme y enmendarme!
—Ciertamente, querida niña —dijo el señor Boffin—, no lo hice para dañarte; de eso puedes estar segura. Y sí esperaba que pudiera servir de aviso. Aun así, cabe mencionar que no bien mi vieja hubo encontrado a John, John nos hizo saber a ella y a mí que le había echado el ojo a una persona desagradecida llamada Silas Wegg.
En parte como castigo para dicho Wegg, llevándole la corriente en un juego muy poco noble y bajo que se traía entre manos, aquellos libros que tú y yo compramos tantos juntos (y, a propósito, querida, no era Blackberry Jones, sino Blewberry) me los leía en voz alta esa persona de nombre Silas Wegg antes mencionado.
Bella, que aún seguía de rodillas a los pies del señor Boffin, fue descendiendo gradualmente hasta adoptar una postura sentada en el suelo, mientras meditaba con creciente recogimiento, con los ojos fijos en su rostro radiante.
—Aun así —dijo Bella, tras esta pausa reflexiva—, quedan dos cosas que no logro comprender. La señora Boffin nunca supuso que ninguna parte del cambio del señor Boffin fuera real; ¿verdad que no? —Usted nunca lo supuso; ¿verdad? —preguntó Bella, volviéndose hacia ella.
—¡No! —replicó la señora Boffin, con una negativa de lo más rotunda y radiante.
—Y, sin embargo, te lo tomaste muy a pecho —dijo Bella—. Recuerdo que te puso muy intranquila, de verdad.
—¡Pardiez, que la señora John tiene buen ojo, John! —exclamó el señor Boffin, negando con la cabeza en actitud de admiración—. Tienes