Había rondado por un breve tiempo en las inmediaciones de su morada abandonada, y había vendido, y tejido y vendido, y continuado su marcha. En las agradables localidades de Chertsey, Walton, Kingston y Staines, su figura llegó a ser bastante conocida durante unas pocas semanas, para luego seguir su camino una vez más.
Se apostaba en las plazas de los mercados, cuando los había, en los días de mercado; en otras ocasiones, en la zona más concurrida (que rara vez era muy concurrida) de la pequeña y tranquila calle Mayor; en otros momentos aún, exploraba los caminos periféricos en busca de grandes mansiones, y pedía permiso en la casa del guarda para entrar con su cesta, cosa que no solía conseguir.
Pero las damas en carruaje le hacían compras con frecuencia de sus escasas mercancías, y por lo general se mostraban complacidas con sus ojos brillantes y su discurso esperanzador.
En esto y en su vestido limpio se originó la fábula de que estaba bien posicionada en el mundo: por decirlo así, rica para su clase social. Como disposición de un bienestar para su protagonista que no le cuesta nada a nadie, este tipo de fábula ha sido popular desde hace mucho tiempo.
En aquellos agradables pueblecitos a orillas del Támesis, uno puede oír la caída del agua sobre los azudes o incluso, cuando el tiempo está tranquilo, el susurro de los juncos; y desde el puente se puede ver el joven río, con hoyuelos como un niño pequeño, deslizándose juguetón entre los árboles, impoluto por las contaminaciones que le aguardan en su curso y todavía fuera del alcance de la profunda llamada del mar. Sería demasiado pretender que Betty Higden formuló tales pensamientos; no; pero oía al tierno río susurrar a muchos como ella: «¡Venid a mí, venid a mí! Cuando la cruel vergüenza y el terror de los que