Mientras tanto, la señora Veneering se había sumergido en las mismas aguas en busca de un acaudalado agente marítimo, y lo había sacado a flote, sano y salvo, tirándole de los pelos. Luego, la señora Veneering tuvo que relatar, ante un círculo más amplio, cómo había ido a ver a la muchacha, y cómo era verdaderamente bonita y (considerando su clase) presentable. Y esto lo hizo con una exhibición tan exitosa de sus ocho dedos aguileños y las joyas que los rodeaban, que capturó felizmente a un despistado oficial general, junto con su esposa y su hija, y no solo les devolvió la animación que se les había suspendido, sino que los convirtió en animados amigos en menos de una hora.
Aunque el señor Podsnap en general habría desaprobado profundamente la presencia de cadáveres en los ríos por considerarlos temas inadmisibles en lo que respecta al pudor de la joven doncella, tenía, por así decirlo, una participación en este asunto que lo convertía en copropietario.
Como además sus beneficios fueron inmediatos al impedir que la compañía se quedara contemplando en silencio las cubiteras, resultó rentable y él quedó satisfecho.
Y ahora, el baño de vapor de pierna de cordero, habiendo recibido una infusión a caza y unos últimos toques de dulces y café, estaba listo del todo, y los bañistas llegaron; pero no sin antes que el discreto autómata se hubiera metido tras los barrotes del atril del piano, ofreciendo allí el aspecto de un cautivo que languidecía en una cárcel de palo santo.
¿Y quiénes ahora tan agradables o tan bien avenidos como el señor y la señora Alfred Lammle, él todo chispa, ella toda graciosa satisfacción, ambos intercambiándose miradas a ratos como compañeros de cartas que jugasen una partida contra toda Inglaterra?