aquel timador ligneo y le suplicó que fijara su hora. El señor Wegg fijó las ocho.
—Donde vivo —dijo el señor Boffin— se llama La Enramada. La Enramada de Boffin es el nombre con el que la bautizó la señora Boffin cuando tomamos posesión de ella como propiedad. Si se encuentra con alguien que no la conozca por ese nombre (cosa que casi nadie hace), cuando haya recorrido poco más o menos una milla pasada, o digamos una y cuarto si preste usted atención, subiendo por Maiden Lane, en Battle Bridge, pregunte por la Cárcel de la Armonía, y le indicarán el camino.
Le esperaré, Wegg —dijo el señor Boffin, dándole una palmada en el hombro con el mayor entusiasmo—, con toda la alegría del mundo. No tendré paz ni paciencia hasta que venga. La imprenta se abre ahora ante mí. ¡Esta noche, un hombre de letras —con una pierna de palo— (le dedicó una mirada de admiración a tal ornamento, como si aumentara enormemente el atractivo de los conocimientos del señor Wegg) empezará a guiarme hacia una nueva vida! ¡Mi puño otra vez, Wegg. Buenos días, buenos días, buenos días!
Dejado solo en su puesto mientras los demás se alejaban perezosamente, el señor Wegg se refugió tras su biombo, sacó un pañuelo de bolsillo de indudable aire penitencial y se agarró la nariz con aire pensativo. Asimismo, mientras seguía asiéndose tal rasgo, dirigió varias miradas pensativas calle abajo, tras la figura que se retiraba del señor Boffin. Pero una profunda gravedad reinaba soberana en el rostro de Wegg. Pues, aunque sopesaba para sus adentros que se trataba de un buen viejo de una sencillez poco común, que era una oportunidad que debía aprovechar y que ahí podía haber dinero que ganar más allá de todo