—¿Por qué expresarlo así? —exigió la señora Wilfer, con mordaz sarcasmo—. ¿Por qué adoptar una forma de hablar circuitosa? Es educado y es servicial; pero ¿por qué hacerlo? ¿Por qué no decir abiertamente que son demasiado amables y demasiado buenos para nosotros? Entendemos la alusión. ¿Por qué disfrazar la frase?
—Mamá —dijo Bella, dando un pisotón—, eres capaz de volver loco a un santo, y Lavvy también.
—¡Pobre Lavvy! —exclamó la señora Wilfer, en un tono de compasión—. Siempre viene a por ello. ¡Mi pobre criatura!
Pero Lavvy, con la brusquedad de su anterior deserción, saltó ahora hacia el otro enemigo, señalando con mucha acritud: —No me patrocines, mamá, porque yo solita me basto y me sobbro.
—Solo me pregunto —reanudó la señora Wilfer, dirigiendo sus observaciones a su hija mayor, por considerarla en general más segura que a su totalmente indomable hermana menor—, que hayas encontrado tiempo e inclinación para arrancarte del señor y la señora Boffin, y venir a vernos siquiera. Solo me pregunto que nuestras exigencias, compitiendo contra las superiores exigencias del señor y la señora Boffin, hayan tenido algún peso. Siento que debo estar agradecida por conseguir tanto, en competencia con el señor y la señora Boffin. (La buena señora recalcó amargamente la primera letra de la palabra Boffin, como si representara su principal objeción a los dueños de ese nombre, y como si hubiera podido soportar mucho mejor a Doffin, Moffin o Poffin).
—Mamá —dijo Bella, con enojo—, me obligas a decir que lamento de veras haber vuelto a casa, y que jamás volveré a casa, excepto cuando mi pobre y querido papá esté aquí. ¡Porque papá es demasiado magnánimo para sentir envidia y malicia hacia mis generosos amigos, y papá es lo suficientemente delicado y gentil como para recordar el pequeño tipo de derecho que creían que yo tenía sobre ellos y la posición tan