Su antigua audaz vida y costumbre la inspiraron al instante. Sin malgastar en vano el aliento pidiendo ayuda donde no había nadie para oírla, corrió hacia el lugar de donde provenían los sonidos. Estaba situado entre ella y el puente, pero se encontraba más lejos de lo que había pensado; al ser la noche tan sumamente silenciosa y el sonido propagarse a gran distancia con la ayuda del agua.
Por fin llegó a una parte de la orilla verde, muy pisada y de hace poco, donde yacían algunos trozos de madera astillada y algunos jirones de ropa.
Inclinándose, vio que la hierba estaba ensangrentada. Siguiendo las gotas y los lamparones, vio que el margen acuoso de la orilla estaba ensangrentado. Siguiendo la corriente con la mirada, vio un rostro ensangrentado vuelto hacia la luna y alejándose a la deriva.
¡Ahora, apiadado sea el bendito Cielo por aquel viejo tiempo, y concédeme, oh Bendito Señor, que a través de tus maravillosas obras se convierta al fin en bien!
A quienquiera que pertenezca el rostro a la deriva, ya sea de hombre o de mujer, ¡ayuda a mis humildes manos, Señor Dios, a levantarlo de la muerte y a devolvérselo a alguien a quien deba ser querido!
Se pensó, fervientemente se pensó, pero ni por un momento la plegaria la detuvo. Se fue antes de que brotara en su mente, se fue, veloz y certera, pero firme por encima de todo —pues sin firmeza jamás podría hacerse— hacia el desembarcadero bajo el sauce, donde también había visto la barca amarrada entre las estacas.