venían a hospedarse en la casa del señor y la señora John Harmon: donde, a propósito, el señor y la señora Boffin (exquisitamente felices y paseando a diario para mirar escaparates) también se hospedaban por tiempo indefinido.
Al señor Eugene Wrayburn, en confidencia, le confió la señora de John Harmon lo que sabía acerca del estado de los afectos de su esposa, en su época alocada.
Y a la señora de John Harmon, en confidencia, le confió el señor Eugene Wrayburn que, ¡si Dios quería, vería cómo su esposa lo había cambiado!
—No hago protestas —dijo Eugene—; —¡quién las hace, quién las siente!— He tomado una resolución.
—Pero ¿lo creerías, Bella —interpuso su esposa, volviendo a ocupar su puesto de enfermera a su lado, pues él nunca se apañaba bien sin ella—,