mercado de Covent Garden y allí, en un umbral, acampó a la intemperie para sufrir un ataque de tembleques seguido de un ataque de pavor.
Este mercado de Covent Garden quedaba bastante fuera de la ruta habitual de la criatura, pero ejercía sobre él la misma atracción que ejerce sobre los peores de los miembros solitarios de la tribu de los borrachos.
Puede que sea la compañía del bullicio nocturno, o puede que sea la compañía de la ginebra y la cerveza que se derraman entre carreteros y buhoneros, o puede que sea la compañía de los restos vegetales pisoteados que se parecen tanto a sus propias ropas que tal vez confundan el mercado con un gran ropero; pero sea lo que fuere, no se verán en los quicios de las puertas borrachos semejantes a los de allí en ninguna otra parte.
De mujeres dadas a la bebida y adormiladas, especialmente, encontraréis allí ejemplares a la luz de la mañana que en vano buscaríais a la intemperie por todo Londres. Semejantes ropas hechas de hojas y tallos de col pasados, vapidos y desechados, semejante semblante a naranja machacada, semejante pulpa de humanidad aplastada, no se exponen a la luz del día en ningún otro lugar.
Así pues, la atracción del mercado atrajo al señor Dolls, y este sufrió sus dos ataques de temblores y terrores en el quicio de una puerta en la que una mujer había dormido su empapada siesta unas horas antes.
Hay una jauría de jóvenes salvajes que revolotea siempre por este mismo sitio, llevándose a hurtadillas fragmentos de cajas de naranjas y basura mohosa —¡Dios sabe a qué madrigueras podrán transportarlos, ya que no tienen hogar!—, cuyos pies descalzos caen con una sordidez roma y blanda sobre el pavimento mientras el policía los persigue, y a quienes (quizás por esa razón) las altas esferas apenas oyen, mientras que con botas altas armarían un estrépito ensordecedor. Estos, deleitándose con