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IV. A Runaway Match

nupcial. Ahora bien, el dignatario supervisor, el arzobispo de Greenwich, lo sabía tan bien como si hubiera oficiado la ceremonia nupcial. Y la hidalguía con que Su Gracia participó en su confidencia sin ser invitado, y se empeñó en fingir que mantenía a los camareros al margen, fue la gloria suprema del banquete.

Había un inocente y joven camarero de esbelta figura y piernas algo débiles, aún no versado en las artimañas del oficio, de un temperamento demasiado evidente romántico, y profundamente (no sería exagerado añadir que sin esperanza) enamorado de alguna joven que no era consciente de su valía.

Este cándido mancebo, avizorando el estado de las cosas, que ni siquiera su inocencia podía pasar por alto, limitaba su servicio a languidecer con admiración apoyado en el aparador cuando Bella no necesitaba nada, y a abalanzarse sobre ella cuando sí lo hacía.

A este, Su Gracia el Arzobispo lo obstruía perpetuamente, apartándolo con el codo en el momento de triunfar, despachándolo en la degradante búsqueda de mantequilla derretida y, cuando por casualidad lograba hacerse con algún plato que valiera la pena, despojándolo de él y ordenándole que se retirara.

—Ruego que lo disculpe, señora —dijo el arzobispo con voz baja y majestuosa—; es un joven que está a prueba, y no nos gusta.

Esto indujo a John Rokesmith a observar —a modo de hacer la cosa más natural—: «Bella, amor mío, esto es tanto más exitoso que cualquiera de nuestros aniversarios pasados, que creo que debemos celebrar nuestros futuros aniversarios aquí».

A lo que Bella replicó, con probablemente el intento más infructuoso de parecer una matrona que jamás se haya visto:

«En verdad que sí, querido John».

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