de identificar por el estudiante clásico, bajo el nombre menos británico de Belisario. Incluso la carrera de este general perdió interés para el señor Boffin ante la necesidad de poner en orden su conciencia con Wegg; y por ello, cuando aquel caballero literario, según su costumbre, hubo comido y bebido hasta quedar bien refulgente, y cuando cogió su libro con la habitual y alegre introducción de: «¡Y ahora, señor Boffin, señor, nos inclinaremos y nos caeremos!», el señor Boffin lo detuvo.
—¿Te acuerdas, Wegg, de cuando te dije por primera vez que quería hacerte una especie de oferta?
—Permítame que me ponga el gorro de pensar, señor —respondió aquel caballero, poniendo el libro abierto boca abajo—. ¿Cuándo fue la primera vez que me dijo que quería hacerme una especie de oferta? A ver, déjeme pensar (como si hubiera la más mínima necesidad). ¡Sí, claro que me acuerdo, señor Boffin! Fue en mi esquina. ¡Pues claro que sí! Primero me había preguntado si me gustaba su nombre, y la franqueza me había obligado a responderle que no. ¡Poco me imaginaba yo entonces, señor, lo familiar que llegaría a serme ese nombre!
—Espero que todavía me resulte más familiar, Wegg.
—¿Y usted, señor Boffin? Muy agradecido, se lo aseguro. ¿Es su deseo, señor, que declinecemos y caigamos? —dijo con el amago de coger el libro.
—Todavía no por un rato, Wegg. De hecho, tengo otra oferta que hacerte.
El señor Wegg (que no había pensado en otra cosa durante varias noches) se quitó los anteojos con un aire de amable sorpresa.
—Y espero que le guste, Wegg.