Que la hija de papá fuera tan desdeñosa con el inquilino de papá resultaba extraño; pero había anomalías más extrañas que esa en la mente de la muchacha malcriada: malcriada primero por la pobreza, y después por la riqueza.
Sea parte de esta historia, sin embargo, dejarlas que se desenreden por sí mismas.
—Un poco demasiado, me parece —reflexionó la señorita Bella con desprecio—, ¡que el huésped de papá pretenda reclamarme y alejar a los partidos convenientes! ¡Un poco demasiado, en verdad, que las oportunidades que me abren el señor y la señora Boffin se las apropie un mero secretario y huésped de papá!
Sin embargo, no hacía tanto tiempo que a Bella la había conmovido el descubrir que ese mismo secretario y huesped parecía sentir debilidad por ella. ¡Ah! Pero la mansión eminentemente aristocrática y la modista de la señora Boffin no habían entrado en juego entonces.
A pesar de sus modales aparentemente retraídos, una persona muy intrusiva, este Secretario y huésped, en opinión de la señorita Bella.
Siempre una luz en su despacho cuando volvíamos del teatro o la ópera, y él siempre junto a la portezuela del carruaje para ayudarnos a bajar.
Siempre también un resplandor irritante en el rostro de la señora Boffin, y una acogida abominablemente alegre hacia él, ¡como si fuera posible aprobar seriamente lo que el hombre tenía en mente!
“Nunca me encarga usted, señorita Wilfer —dijo el Secretario, tropezándose con ella por casualidad a solas en el gran salón—, ningún recado para su casa. Siempre estaré encantado de cumplir cualquier mandato que tenga usted en ese sentido”.