—Querido —le dijo la señora Milvey en voz baja al reverendo Frank—, desearía que hablaras con ella.
—Querida —le dijo el reverendo Frank en voz baja a su buena mujercita—, creo que se lo dejaré a otra persona. Las circunstancias apenas son favorables. Hay montones de charlatanes por ahí, amor mío, y pronto encontrará a uno.
Mientras esta conversación discurría, tanto Bella como el Secretario observaron a Lizzie Hexam con gran atención.
Puesto cara a cara por primera vez con la hija de su supuesto asesino, era natural que John Harmon tuviera sus propias razones secretas para examinar minuciosamente su semblante y sus maneras.
Bella sabía que el padre de Lizzie había sido falsamente acusado del crimen que tan gran influencia había tenido en su propia vida y fortuna; y su interés, aunque no tenía resortes secretos como el del Secretario, era igualmente natural.
Ambos esperaban ver algo muy diferente de la verdadera Lizzie Hexam, y así sucedió que ella se convirtió en el medio involuntario de unirlos.
Porque, cuando la hubieron acompañado hasta la casita en el limpio pueblo junto a la fábrica de papel, donde Lizzie tenía una habitación alquilada a una pareja de ancianos empleados en el establecimiento, y cuando la señora Milvey y Bella hubieron subido a ver su cuarto y bajado de nuevo, sonó la campana de la fábrica. Esto hizo que Lizzie se ausentara por el momento, y dejó al Secretario y a Bella de pie, bastante incómodos, en la pequeña calle; la señora Milvey estaba ocupada en perseguir a los niños del pueblo y en sus indagaciones sobre si corrían el peligro de convertirse en hijos de Israel; y el reverendo Frank estaba ocupado —a decir verdad— en evadir esa rama de sus funciones espirituales y en perderse de vista sigilosamente.