Surrey se encuentran, y por cuyos huertos comerciales, condenados a morir pronto bajo ellas, aún cabalgan los ferrocarriles. Las escuelas eran de reciente construcción y había tantas iguales por todo el país que se habría podido pensar que el conjunto no era sino un único edificio inquieto con el don locomotor del palacio de Aladino. Se hallaban en un vecindario que parecía un vecindario de juguete sacado a bloques de una caja por un niño de mente particularmente incoherente y montado de cualquier manera; aquí, un lado de una calle nueva; allá, un gran mesón solitario que no daba a ninguna parte; aquí, otra calle inacabada que ya estaba en ruinas; allá, una iglesia; aquí, un inmenso almacén nuevo; allá, una vieja villa campestre en ruinas; luego, una amalgama de zanja negra, brillante invernadero de pepinos, campo agreste, huerta ricamente cultivada, viaducto de ladrillo, canal surcado de arcos y un desorden de desaliño y niebla. Como si el niño le hubiera dado una patada a la mesa y se hubiera echado a dormir.
Pero, aun entre edificios escolares, maestros de escuela y alumnos, todos según el molde y todos engendrados a la luz del último Evangelio según la Monotonía, el viejo molde en el que tantas fortunas se han forjado para bien y para mal, sale a relucir.
Salió a relucir en la maestra señorita Peecher, regando sus flores, mientras el señor Bradley Headstone salía a caminar. Salió a relucir en la maestra señorita Peecher, regando las flores en el pequeño y polvoriento trozo de jardín anejo a su pequeña residencia oficial, con ventanitas como ojos de aguja y puertitas como tapas de libros escolares.
Pequeña, brillante, pulcra, metódica y exhuberante era la señorita Peecher; de mejillas de cereza y voz melodiosa. Un pequeño alfiletero, un pequeño costurero, un pequeño libro, una pequeña caja de labor, un pequeño juego de tablas, pesas y medidas, y una pequeña mujer, todo en uno.