Codal
nydus/Our Mutual FriendPublic
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XIV. El señor Wegg prepara una piedra de afilar para las narices del señor Boffin

—Habla usted con bastante espíritu de venganza, señor Wegg.

—¿Con ánimo de venganza, señor? ¿Es por él por quien he declinado y caído, noche tras noche? ¿Es por su placer por el que he esperado en casa por las tardes, como un juego de bolos, para que me levanten y me derriben, me levanten y me derriben, con cualquier bola —o libro— que le dé la gana arrojar contra mí? ¡Vaya, soy cien veces el hombre que él es, señor; quinientas veces!

Tal vez fue con la maliciosa intención de incitarlo a dar lo peor de sí que el señor Venus parecía dudar de aquello.

—¿Qué? ¿Fue acaso frente a la casa ocupada actualmente, para vergüenza suya, por ese favorito de la fortuna y lombriz efímera —dijo Wegg, recurriendo a sus términos más enérgicos de reprobar y dando un manotazo en el mostrador—, que yo, Silas Wegg, quinientas veces el hombre que él fue jamás, estuve sentado con cualquier tiempo, esperando un recado o un cliente? ¿Fue frente a esa misma casa donde puse los ojos en él por primera vez, nadando en la abundancia, cuando yo vendía baladas a medio penique para ganarme la vida? ¿Y he de arrastrarme por el polvo para que él me pase por encima? ¡No!

Había una sonrisa en el macabro rostro del caballero francés bajo el influjo de la luz del fuego, como si estuviera calculando cuántos miles de difamadores y traidores se alinean contra los afortunados, basándose en premisas que coincidían exactamente con las del señor Wegg.

Uno habría podido imaginar que los niños cabezones se estaban desmoronando con sus intentos hidrocefálicos de sumar a los hijos de los hombres que transforman a sus bienhechores en sus agraviadores mediante el mismo proceso.

El metro o metro y medio de sonrisa por parte del caimán podría haberse interpretado con el significado: «Todo esto era un conocimiento de sobra familiar allá en las profundidades del cieno, hace eones».

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