Cuando volvió a mirar, no había gabarra, ni río, ni luz del día, y un hombre a quien nunca antes había visto sostenía una vela cerca de su rostro.
—Mire, señora —dijo—, ¿de dónde viene y a dónde va?
La pobre criatura preguntó confusa, repreguntando dónde estaba.
“Yo soy la Cerradura”, dijo el hombre.
¿«El cerrojo»?
“Soy el ayudante del esclusero, de guardia, y esta es la casa de la esclusa. (Esculsero o ayudante del esclusero, viene a ser lo mismo mientras el otro esté en el hospital). ¿Cuál es tu parroquia?”
“¡Parish!” Se levantó de la cama plegable al instante, buscando su cesta a tientas y desorientada, y lo miró con aterrorizada fijeza.
“You’ll be asked the question down town,” said the man.
“They won’t let you be more than a casual there. They’ll pass you on to your settlement, Missis, with all speed. You’re not in a state to be let come upon strange parishes ’ceptin as a casual.”
—¡Otra vez el soponcio! —murmuró Betty Higden, llevándose la mano a la cabeza.
—Fue la falta de vida, no hay duda de que fue eso —respondió el hombre—. Habría pensado que la falta de vida era una palabra demasiado suave para describirlo, si me lo hubieran nombrado cuando la trajimos. ¿Tiene algún amigo, señora?
—Los mejores amigos, amo.