—Pues, querida mamá —dijo Bella—, ¿cómo estás?
—Me encuentro tan bien, Bella —respondió la señora Wilfer—, como es de esperar.
—Válgame, mamá —dijo Bella—; ¡hablas como si uno acabara de nacer!
—Eso es exactamente lo que lleva haciendo mamá —interpuso Lavvy, por encima del hombro materno— desde que nos levantamos esta mañana. Está muy bien reírse, Bella, pero resulta imposible imaginarse nada más exasperante.
Mrs. Wilfer, con una mirada demasiado llena de majestad como para ser acompañada por palabra alguna, acompañó a ambas hijas a la cocina, donde el sacrificio iba a ser preparado.
—Señor Rokesmith —dijo ella, con resignación— ha tenido la gentileza de poner su sala a nuestra disposición hoy. Así que, Bella, serás recibida en la humilde morada de tus padres, tan en consonancia con tu actual estilo de vida que habrá una sala para tu recepción, además del comedor. Tu papá invitó al señor Rokesmith a compartir nuestra frugal comida. Al excusarse debido a un compromiso particular, ofreció el uso de su apartamento.
Bella sabía por casualidad que él no tenía ningún compromiso fuera de su propia habitación en casa de los Boffin, pero aprobaba que se quedara fuera.
«Solo nos habríamos desconcertado el uno al otro —pensó—, y ya lo hacemos bastante a menudo tal como están las cosas».
Sin embargo, tenía la suficiente curiosidad por su habitación como para subir a ella con la menor tardardanza posible y examinar de cerca su