pájaros disecados y frutas de cera bajo fanales de cristal, había, en el territorio donde la vegetación cesaba, estantes compensatorios en los que la mejor parte de un gran pastel y asimismo de un asado frío eran claramente discernibles entre otros sólidos.
La habitación en sí era grande, aunque baja; y los pesados marcos de sus ventanas antiquísimas, y las pesadas vigas de su techo torcido, parecían indicar que antaño había sido una casa de cierta importancia situada en solitario en el campo.
—¿Te gusta, Wegg? —preguntó el señor Boffin, con su habitual aire de zarpazo.
—Lo admiro enormemente, señor —dijo Wegg—. Particularmente acogedor junto a esta chimenea, señor.
—¿Lo entiendes, Wegg?
—Pues verá, en términos generales, señor —empezaba diciendo el señor Wegg con lentitud y aire de suficiencia, ladeando la cabeza tal como suelen hacerlo los evasivos, cuando el otro lo cortó en seco:
“Usted no lo entiende, Wegg, y se lo voy a explicar. > Estos arreglos están hechos por mutuo consentimiento entre la señora Boffin y yo. La señora Boffin, como ya he mencionado, es una gran entusiasta de la Moda; por el momento yo no. Yo no aspiro a más que a la comodidad, y a una comodidad del tipo que soy capaz de disfrutar. Pues bien. ¿De qué serviría que la señora Boffin y yo nos peleáramos por eso? Nunca nos peleamos antes de venir a la Mansión de Boffin como propiedad; ¿por qué habríamos de pelearnos ahora que hemos venido a la Mansión de Boffin como propiedad? De modo que la señora Boffin mantiene su parte de la habitación a su manera; yo mantengo mi parte de la habitación a la mía.