—El comercio justo es una cosa —dijo ella—, pero eso es otra muy distinta. Nadie tiene derecho a andarse con ligerezas de esa manera con Jack.
—El sentimiento le honra —respondió el hombre, con una sonrisa sombría, y añadió, murmurando—: tanto más cuanto que creo que no es el de su padre. Sí, lo pasé muy mal aquella vez. Lo perdí todo y tuve una dura lucha por mi vida, por débil que estuviera.
—¿Conseguiste que castigasen a los culpables? —preguntó Pleasant.
—Luego vino un castigo terrible —dijo el hombre, más seriamente—; pero no fui yo quien lo provocó.
—¿De quién, entonces? —preguntó Pleasant.
El hombre señaló hacia arriba con el dedo índice y, retirando lentamente esa mano, volvió a apoyar en ella la barbilla mientras miraba el fuego. Dirigiendo hacia él su mirada heredada, Pleasant Riderhood se sentía cada vez más incómoda, pues sus maneras eran tan misteriosas, tan severas y tan seguras de sí mismas.
—De todos modos —dijo la damisela—, me alegro de que el castigo haya llegado, y lo sostengo. El buen comercio con la gente de mar cobra mala fama por los actos de violencia. Estoy tan en contra de que se cometan actos de violencia contra la gente de mar como la propia gente de mar puede estarlo. Opino lo mismo que mi madre en vida. Buen comercio, solía decir mi madre, pero sin robos ni golpes. En el ámbito comercial, la señorita Pleasant habría cobrado —y de hecho cobraba cuando podía— hasta treinta chelines a la semana por una pensión que resultaría cara a cinco, y asimismo llevaba el negocio de prendas empeñadas con principios correspondientemente equitativos; sin embargo, poseía tal delicadeza de conciencia y tales sentimientos