habría dado el pego perfectamente como aquel radiante a la vez que autosuficiente muchacho, Jack Horner—; Bella, con sus propias manos, le tendió un mantel y le trajo la cena en una bandeja. —Espera un momento —dijo—, debemos mantener limpios sus vestiditos—; y le ató una servilleta bajo la barbilla, de un modo muy metódico.
Mientras él cenaba, Bella se sentaba a su lado, amonestándolo a veces para que sostuviera el tenedor por el mango, como un niño bien educado, y otras veces sirviéndole la comida o echándole de beber.
Por fantástico que fuera todo aquello, y por acostumbrada que hubiera estado siempre a hacer un juguete de su buen padre, siempre encantada de que la destinara a tal fin, aún había de parte de Bella algo ocasional que era nuevo.
No podía decirse que fuera menos juguetona, caprichosa o natural de lo que siempre había sido; pero parecía, a juicio de su esposo, como si hubiera alguna razón un poco más seria de lo que él había supuestos para lo que ella había dicho hacía tan poco, y como si a lo largo de todo aquello hubiera atisbos de una seriedad subyacente.
Era una circunstancia que apoyaba este punto de vista del caso que, cuando hubo encendido la pipa de su padre y le hubo preparado su vaso de grog, se sentó en un taburete entre su progenitor y su esposo, apoyando el brazo sobre este último, y se quedó muy callada.
Tan callada, que cuando su padre se levantó para despedirse, ella miró a su alrededor con sobresalto, como si hubiera olvidado que él estaba allí.
—¿Quieres acompañar a papá un trecho, John?
—Sí, querido. ¿Y tú?
«No le he escrito a Lizzie Hexam desde que le escribí para decirle que realmente tenía un pretendiente—uno de verdad. A menudo he pensado