—Bien —dijo míster Boffin—. No esperas a Wegg, lo doy por sentado, ¿no?
—No, señor. No espero a nadie más que a la presente compañía.
El señor Boffin miró a su alrededor, como si aceptara bajo esa denominación inclusiva al caballero francés y al círculo en el que no se movía, y repitió: «Los presentes».
—Caballero —dijo el señor Venus—, antes de entrar en materia, tendré que pedirle su palabra y su honor de que nos hallamos bajo secreto.
—Esperemos un poco y entendamos qué significa la expresión —contestó el señor Boffin—. ¿En confidencia por cuánto tiempo? ¿En confidencia por los siglos de los siglos?
—Comprendo su indirecta, caballero —dijo Venus—; ¿cree usted que, una vez que llegara a conocer el asunto, podría considerarlo de una naturaleza incompatible con la confianza por su parte?
—Podría ser —dijo el señor Boffin con una mirada cautelosa.
—Es verdad, señor. Bien, señor —observó Venus, tras agarrarse el pelo polvoriento para aclarar sus ideas—, planteémoslo de otro modo. Le confío el negocio a usted, confiando en su honor de no hacer nada al respecto, ni mencionarme en él, sin mi conocimiento.
—Me parece justo —dijo el señor Boffin—. Estoy de acuerdo.
—¿Tengo su palabra y su honor, señor?
—Mi buen amigo —replicó el señor Boffin—, tiene usted mi palabra; y cómo puede tenerla sin mi honor también, no lo sé. He clasificado mucha basura en mi tiempo, pero nunca vi que ambas cosas fueran a montones separados.