como había dibujado sobre los motivos de la pared empapelada del señor Twemlow.
—Espero que no la desengañe usted, señor Boffin —dijo, volviendo hacia él la cabeza, pero no los ojos.
—No —dijo el señor Boffin.
—Quiero decir, en cuanto al mérito y al valor de su amiga —explicó la señora Lammle, con voz medida y haciendo hincapié en su última palabra.
—No —replicas—. Puede que intente dar una pista en su casa de que necesita una protección amable y cuidadosa, pero no les diré más que eso a sus padres, y no le diré nada a la propia señorita.
“Señor y señora Boffin —dijo la señora Lammle, aún dibujando y pareciendo poner gran esmero en ello—, no creo que haya muchas personas que, dadas las circunstancias, hubieran sido tan consideradas y benévolas como lo han sido ustedes conmigo hace un momento. ¿Les importa que se los agradezca?”
—Siempre vale la pena recibir las gracias —dijo la señora Boffin, con su habitual buena disposición.
“Entonces, gracias a los dos”.
—¿Sophronia —preguntó su esposo con burla—, eres sentimental?
—Vaya, vaya, mi buen señor —interpuso el señor Boffin—, es una excelente cosa pensar bien de otra persona, y es una excelente cosa que otra persona piense bien de uno. A la señora Lammle no le sentará nada mal, si es el caso.
“Muy agradecido. Pero le pregunté a la señora Lammle si lo era”.