Bella se apresuraba a regresar a la silla en la que había ocultado su rostro durante tanto tiempo, cuando, al ver de pasada a la señora Boffin, se detuvo junto a ella. > —¡Se ha ido —sollozó Bella indignada, desesperada, de cincuenta maneras a la vez, con los brazos alrededor del cuello de la señora Boffin—! ¡Ha sido injuriado de la manera más vergonzosa, y expulsado de la forma más injusta y vil, y yo soy la
Todo este tiempo, el señor Boffin había estado poniendo los ojos en blanco por encima de su pañuelo de cuello desatado, como si el ataque aún le durara. Pareciendo ahora pensar que estaba volviendo en sí, se quedó mirando fijamente al frente durante un rato, se volvió a atar el pañuelo, respiró hondo varias veces, tragó saliva en repetidas ocasiones y finalmente exclamó con un suspiro profundo, como si en general se sintiera mejor:
«¡Bueno!»
No dijo la señora Boffin palabra alguna, ni buena ni mala; pero cuidó tiernamente de Bella y miró a su esposo como en busca de órdenes.
El señor Boffin, sin impartir ninguna, tomó asiento en una silla frente a ellos y se quedó allí sentado inclinándose hacia adelante, con el rostro inexpresivo, las piernas separadas, una mano en cada rodilla y los codos abiertos, hasta que Bella se secó los ojos y levantó la cabeza, lo cual hizo a su debido tiempo.
—Tengo que irme a casa —dijo Bella, levantándose apresuradamente—. Le estoy muy agradecida por todo lo que ha hecho por mí, pero no puedo quedarme aquí.
—¡Niña de mi vida! —repuso la señora Boffin.