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nydus/Our Mutual FriendPublic
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XVI. Minders and Reminders

perdió el equilibrio y cayó a la calle. Al tratarse de un huérfano de complexión rolliza, echó a rodar, y ya había llegado al arroyo antes de que pudieran alcanzarlo. Del arroyo fue rescatado por John Rokesmith, y así el primer encuentro con la señora Higden quedó inaugurado por la incómoda circunstancia de hallarse en posesión —podría decirse a primera vista que posesión ilícita— del huérfano, puesto del revés y con el rostro amoratado. El tablón que atravesaba el umbral, sirviendo a su vez de trampa para los pies de la señora Higden, que salía, y para los de la señora Boffin y John Rokesmith, que entraban, aumentó enormemente la dificultad de la situación: a la cual los gritos del huérfano conferían un carácter lúgubre e inhumano.

Al principio, era imposible explicárselo, debido a que el huérfano «contenía la respiración»: un procedimiento de lo más terrorífico, que inducía en el huérfano una rigidez de color plomo y un silencio mortal, en comparación con el cual sus gritos eran música que producía el colmo del deleite.

Pero a medida que se fue recuperando poco a poco, la señora Boffin se fue presentando poco a poco; y la paz sonriente fue reconquistada poco a poco para el hogar de la señora Betty Higden.

Se percibió entonces que era una pequeña vivienda con un gran calandria en su interior, junto a cuya manivela se hallaba un muchacho muy alto, de cabeza muy pequeña y una boca abierta de desproporcionada capacidad que parecía ayudar a sus ojos a mirar fijamente a los visitantes. En un rincón, debajo de la calandria, sobre un par de taburetes, se sentaban dos niños muy pequeños: un niño y una niña; y cuando el muchacho muy alto, en un intervalo de su asombro, le daba una vuelta a la calandria, resultaba alarmante ver cómo se abalanzaba sobre aquellos dos inocentes, como una catapulta diseñada para su destrucción, retirándose inofensivamente cuando estaba a una pulgada de sus cabezas.

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