—El verdadero quid de la cuestión —continuó Lavinia—, es que Bella se ha portado conmigo de una manera de lo más poco fraternal, y podría haberme comprometido gravemente ante George y ante la familia de George, al escaparse y casarse de este modo tan bajuno y desacreditado —con algún acomodador de iglesia o alguien por el estilo de dama de honor, supongo—, cuando lo que tenía que haber hecho era confiar en mí, y haberme dicho: «Lavvy, si consideras que tu compromiso con George exige que des relieve a la ocasión asistiendo, entonces, Lavvy, te ruego que estés presente, guardándole el secreto a mamá y a papá». Como por supuesto lo habría hecho.
—¿Como por supuesto habrías hecho tú? ¡Ingrata! —exclamó la señora Wilfer—. ¡Víbora!
—¡Vaya por Dios! Sabe usted, señora. Se lo aseguro por mi honor, no debe hacerlo —protestó el señor Sampson, meneando la cabeza con seriedad—. Con el mayor respeto hacia usted, señora, por mi vida que no debe hacerlo. No, en verdad, sabe usted. Cuando un hombre con los sentimientos de un caballero se encuentra comprometido con una señorita, y se llega (incluso por parte de un miembro de la familia) ¡a las víboras, sabe usted!— Yo simplemente apelaría a su propio buen juicio, sabe usted —dijo el señor Sampson, con un final bastante cojo.
La mirada maléfica que la señora Wilfer dirigió al joven caballero en agradecimiento por su amable intervención fue de tal naturaleza que la señorita Lavinia rompió a llorar y lo agarró del cuello para protegerlo.
—¡Mi propia y desnaturalizada madre —gritó la joven— quiere aniquilar a George! ¡Pero no serás aniquilado, George. Antes me muero!
Mr. Sampson, en los brazos de su amante, todavía se esforzaba por negarle con la cabeza a la señora Wilfer y por señalar:
«Con todo el respeto que usted me merece, sabe, señora... las víboras de verdad no le hacen justicia».