Con un beso de despedida soplado desde la punta de los dedos, cerró suavemente la puerta y bajó con paso ligero la gran escalera, deteniéndose y escuchando a cada paso para no encontrarse con nadie de la servidumbre. Casualmente no había nadie por allí, y llegó al vestíbulo en silencio. La puerta de la habitación del difunto Secretario estaba abierta. Asomó la cabeza al pasar y dedujo por la vacuidad de su mesa, y por el aspecto general de las cosas, que él ya se había marchado. Abriendo con suavidad la gran puerta del vestíbulo y cerrándola con suavidad tras de sí, se dio la vuelta y la besó por la parte de fuera —¡insensible viejo amasijo de madera y hierro que era!—, antes de huir de la casa a paso ligero.
—¡Bien hecho! —exclamó Bella, jadeando, al doblar a la siguiente calle y reducir el paso hasta caminar con normalidad—. Si me hubiera quedado algo de aliento para llorar, habría vuelto a llorar. Ahora, pobre, querido y entrañable papaito, vas a ver a tu encant mujer de forma inesperada.